Un recorrido por Chascomús entre curiosidades, tesoros y bellos atardeceres

¿Cuántos secretos a voces tendrá Chascomús? A metros de la laguna dorada por el ocaso, la Capilla de los Negros trae al presente un pasado de hacendados y esclavitud. En un museo cercano vemos el primer alambrado del país junto a la "primera grieta" entre unitarios y federales. Y pronto nos cuentan que hubo un Reino de la Amistad en esta ciudad, donde descansan los restos del poeta Baldomero Fernández Moreno. ¿Recorremos algunas de las historias y misterios?

hace 5 meses     2020-12-13 12:50:22     Turismo 0 : 1348

 

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La Capilla de los Negros

Tiene el piso de tierra y el techo de chapa a dos aguas. La Capilla de los Negros alberga cuadros, flores, crucifijos. Más allá de los bancos verdes y las ventanas de doble hoja, hay un altar en el fondo: recuerda a la mesa de un anticuario religioso, con el mantel cubierto de vírgenes y santos.

Este Monumento Histórico Nacional, construido en 1862 a una cuadra de la laguna, fue designado por la Unesco como parte de la Ruta del Esclavo del Río de la Plata.

En terrenos donados por el municipio, se levantó un edificio rectangular con paredes de adobe y un primer techo de paja. El piso era de tierra, la fachada no tenía revoque y en el interior no había ningún elemento de la religión católica, ya que fue concebido como "un lugar de encuentro para la comunidad negra de la ciudad".

En 1950, un temporal destrozó las ventanas, parte de las paredes y el techo, que fue cambiado por la chapa que luce en la actualidad. A su vez, se pintaron los zócalos de verde inglés, al igual que la puerta y las ventanas.

Entonces se hizo un altar y un nicho para la Virgen del Rosario, y se sumaron velas e imágenes que convirtieron al lugar en una capilla católica. El sitio del honor lo ocupa la imagen de la Virgen Morena de los Milagros, pero también hay una imagen de San Martín de Porres (el santo de piel oscura que lleva una escoba), la Virgen Gaucha de Luján, San Benito de Palermo y Ceferino Namuncurá.

Durante las epidemias de cólera de 1868 y de fiebre amarilla de 1871 se usó como lazareto para atender enfermos, y también fue refugio de los heridos de la Batalla de Chascomús.

"Soy afrodescendiente y mi tatarabuelo, Luciano Alsina, construyó este lugar con otros negros que habían sido comprados como esclavos por los hacendados, y se habían juntado en la hermandad Bayombé de Invenza. Ellos les pidieron a las autoridades un cuarto para las ánimas, para practicar candombe y armar las comparsas de carnaval. Habían quedado en libertad en 1860, y les dieron el solar donde está ahora la Capilla", relata Soledad Luis, jefa de Departamento Técnico de la Secretaría de Turismo.

Según aclara, "Luciano Alsina y su madre fueron comprados como esclavos por la familia Alsina de Chascomús. Los hacendados siempre bautizaban a los negros esclavos y les ponían el apellido, no para que formaran parte de la familia sino para denotar propiedad. A la camada de mis antepasados se les dice caboverdianos porque Cabo Verde fue el puerto de donde salían los barcos negreros hacia América, pero podían ser cazados o comprados en cualquier lugar de África. Como los hacendados de Chascomús necesitaban mucha mano de obra en sus campos y casas, compraban negros en Buenos Aires".

Un día su abuela, Eloísa González Soler de Luis, se hizo cargo de la capilla y la abrió al público para que se conociera su historia. "La gente empezó a traer las imágenes que hoy tiene el lugar, así como crucifijos, santos, partituras, poemas, de todo. Y la gente le puso el nombre: Capilla de los Negros", dice Soledad.

Y destaca: "No hay otra capilla así en ninguna parte. Con el piso de tierra, mi abuela quiso mantener el espíritu de sus antepasados, y puertas y ventanas no solo son originales, sino que fueron levantadas por manos negras esclavas, no por inmigrantes".

Para Soledad y sus hermanas, esta era la casa de la abuela, no un monumento histórico. Entonces recuerda: "Nos enseñaba a prender las velas, limpiar los bancos, plumerear los cuadros. A la distancia entiendo que me estaba enseñando a cuidar la capilla para cuando ella no estuviera".

El Castillo de la Amistad

Había una vez un reino, que celebraba la amistad mucho antes de que el 20 de julio se estableciera como el Día del Amigo. Cuenta la leyenda que Chascomús tuvo en 1947 un monarca, una corte y una Carta Magna, gracias a la creatividad de unos hombres que siempre compartían copas en el viejo Bar National.

El español Manuel Constenla era dueño del bar y en 1945 organizó la Fiesta de la Amistad. Al año siguiente repitió el ritual y, con unos amigos -encabezados por Ángel Canatelli- decidieron que un domingo de octubre festejarían el Día de la Amistad.

En 1947, el grupo dictó una Constitución de 22 artículos mediante la cual creó el Reino de la Amistad, y coronó a Constenla, que pasó a llamarse Manuel I, Rey de Copas.

Incorporaron embajadores y cónsules de Pila o Lezama, por ejemplo, mientras Radio Real transmitía sus anuncios y El Heraldo detallaba sus actividades. Solo faltaba el castillo.

Los integrantes del reino juntaron plata y compraron dos lotes frente a la Laguna. Lo llamaron El solar del Rey, y para 1951 tenían un castillo de 170 m2, que contaba con un gran salón, bar y comedor en la planta baja, y el despacho real, habitaciones y baños en la planta alta.

En 1950 las fiestas del Reino de la Amistad llegaron a su apogeo, y hasta inauguraron una Plaza de Toros. Pero la monarquía cayó en 1953, con la muerte inesperada de Canatelli. A su vez, Constenla abdicó de hecho, al mudarse a Buenos Aires. Sin heredero, el Castillo fue abandonado.

Aunque en 2007 otro grupo de amigos retomó la tradición, el edificio sufrió saqueos y falta de mantenimiento. De la estructura original queda la fachada, envuelta en pastizales.

El Museo Pampeano

Gliptodontes y divisas punzó. Alambrados y daguerrotipos. Vasijas milenarias de los pueblos originarios y vasos “muleros” de las pulperías. La colección del Museo Pampeano supera los 18.000 objetos, pero exhibe 2.000. Por eso, tiene una sala de exposiciones temporales en la que van rotando distintas temáticas.

Creado en 1939 con el objetivo de conmemorar a los soldados caídos en la Batalla de Chascomús en el centenario, el museo funciona en un edificio que es una réplica de una casa de postas, la cual era de Pueyrredón y estaba en San Isidro.

"Dentro de la colección valiosa y variada, lo menos conocido por los visitantes es la parte de fotografía antigua: los ambrotipos, daguerrotipos, ferrotipos... A todos los sorprende el visor de fotografías estereoscópicas, que es como un 3D del siglo XIX", cuenta Pablo Nápoli, subsecretario de Derechos Humanos, a cargo del Museo Pampeano.

Si bien el lugar cerró al público en marzo por la pandemia, hubo visitas virtuales y presentaciones especiales en Facebook Live, como "Julio Felipe Riobó y la primera exposición de daguerrotipos" y "La Batalla de Chascomús y las apasionantes historias poco conocidas de tres mujeres de bandos contrarios, unidas por la pasión de sus ideales".

El museo tiene siete salas. La primera es la Arqueológica, seguida por las Pampeana 1 y 2, que exhiben artesanías criollas, armas y elementos usados en las pulperías y el campo. Allí hay un rincón dedicado al primer alambrado de Argentina, que introdujo el estanciero inglés Richard Blake Newton hacia 1845.

¿Por qué? Porque en las noches, el ganado cimarrón atacaba los frutales y el jardín de rosas de su esposa en la estancia Santa María de Chascomús. Entonces, le trajeron alambre en barco para terminar con el problema.

"No solo es importante tener un fragmento del primer alambrado que llegó al país y que estuvo en Chascomús, sino que hay gente que conoció la ciudad gracias a la historia del alambrado", afirma Nápoli.

A pocos metros de la sala que recrea la sociedad de época en Chascomús y de la tercera colección pública más grande del país de daguerrotipos, la sala Libres del Sur refleja el primer levantamiento organizado contra el gobierno de Juan Manuel de Rosas, que tuvo lugar el 7 de noviembre de 1839 en la Batalla de Chascomús.

Precisamente, una de las curiosidades del museo se relaciona con la grieta que atraviesa a nuestro país desde el siglo XIX: unitarios vs. federales. Como se sabe, entre otras cosas, los unitarios querían un gobierno centralizado en Buenos Aires y libre comercio, mientras que los federales eran partidarios de las soberanías provinciales y de un sistema económico proteccionista.

En ese contexto, el gobierno francés le declaró el bloqueo al puerto porteño, los estancieros no pudieron embarcar sus cueros y carne salada, faltaron productos y se anularon los contratos enfitéuticos, poniendo a la venta tierras sujetas al canon. Entonces los unitarios de la región se levantaron contra Rosas: el 29 de octubre de 1839 se produjo el llamado "Grito de Dolores", y el 7 de noviembre se enfrentaron las tropas de unitarios y federales entre los arroyos Valdés y Los Toldos en Chascomús.

Los Libres del Sur fueron vencidos en dos horas. "Vivan los Federales! ¡Mueran los salvajes asquerosos inmundos Unitarios!", se lee en las divisas punzó que exhibe el museo, junto a documentos y banderas.

Hace unos años, esa sala estaba dividida: la mitad era azul y dedicada a los unitarios, y la otra mitad era roja y federal. Hasta que un día llegaron los empleados y vieron una grieta en el suelo, con el cuadro de Lavalle para un lado y el de Rosas para el otro. En ese momento se decidió mezclar los elementos, que datan de tiempos muy violentos. Pero como no se consiguieron las mismas baldosas, todavía se ve la grieta en el piso.

"Hace 10.000 años, el clima era frío y seco en esta región, que estaba habitada por toxodontes, tigres de dientes de sable y gliptodontes (hay un caparazón casi entero hallado en la zona). Todos estos animales se extinguieron hace 7.500 años", señala Ana Paula Latuf, responsable de la Extensión Educativa del Museo Pampeano, quien trabaja con escuelas locales y de otras ciudades a través de proyectos escolares.

Con una elocuencia atrapante, precisa: "Los primeros pobladores eran nómades, recolectores y cazadores. En el museo se ven las pesas que usaban en las redes para pescar, así como boleadoras, vasijas y puntas de flechas que traían caminando de Ventania y Tandilia (aún no había caballos, llegaron con los españoles). Estamos hablando de hace 2.000 años".

Acerca de la sala dedicada al gaucho y al estanciero en el mismo momento histórico, Ana Paula explica el origen de los vasos "muleros": "Estaban rellenos de vidrio porque se usaban en los barcos para que tuvieran estabilidad. Pero las pulperías los adoptaron para hacer trampa y servirles a los gauchos menos ginebra, ya que no tenía color".

Tras Baldomero Fernández Moreno

"Corría 1912 y en las manos de Baldomero Fernández Moreno palpitaba el diploma de flamante médico, donde constaba que había nacido en Capital Federal y tenía 25 años. Un amigo de Chascomús le propuso instalarse en la ciudad: vino en tren un verano y fue muy bien recibido: había una hermosa laguna y geranios en todos los macetones. Primero fue huésped en el Hotel Americano, y luego se instaló en la calle Buenos Aires 26. Era una casa de altos y clavó sus chapas en la puerta", recita Elvira Manzur, investigadora de la vida de Baldomero Fernández Moreno en Chascomús.

El nuevo morador comía pejerrey, jugaba al póker en el Club Social y frecuentaba el Cine Blanc, donde hoy se levanta la casa de Raúl Alfonsín.

Una tarde vio pasar a una joven con sus hermanas. Era Dalmira López Osornio, descendiente de Rosas. No tardaron en casarse y tener hijos, y Baldomero le dedicó el poema Invitación al hogar y el libro Versos de Negrita. Aunque el poeta murió en Buenos Aires en 1950, sus restos descansan junto a los de su amada en Chascomús en una bóveda familiar.

"Para Chascomús -sostiene Manzur-, Baldomero era un bicho raro, que se paseaba con el galgo blanco Parsifal y un asistente negro llamado Cecilio. ¡Cómo le gustaba caminar a la tarde por la calle Lastra hacia la Laguna! El pueblo, según sus palabras, estaba embalsamado de dos maneras: bajo el sol y bajo la luna".

Pronto el poeta enfrentó al médico, comenzando una pelea entre el estetoscopio y la pluma de Baldomero. Por suerte, venció su pluma.

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